viernes, 10 de octubre de 2014

Notas sobre 'True detective' (II)

Y el final guapísimo, ya veréis.
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SPOILER NUMBER ONE

Mamá me pide el final de 'True detective'. Vamos a ver el último capítulo, me dice, que al final me ha 'enganchao'. Voy al ordenador, paso el capítulo y los subtítulos al disco duro -siempre en versión original, siempre-, bajo al salón y me sumerjo, también, en el ambiente: luz tenue, puertas cerradas, sillón con tres o cuatro cojines y el puf a mis pies. Todo está preparado para darle al play. Y empieza la música.

El ritmo del relato se ha venido acrecentando en los últimos capítulos; la serie es benévola con sus espectadores y se ciñe estrictamente a lo que quiere contar: los adornos son mínimos y, acaso, necesarios. La presentación del antagonista, Errol Childress, el hombre de las cicatrices que aparece en un buen número de testimonios, inicia el principio del fin: con un cadáver en un pequeño cobertizo y una casa un tanto desordenada, se descubre la relación incestuosa que tiene con su prima en base a la metáfora de "hacer flores". En una intentona de esquivar los eróticos deseos de su prima, Errol afirma que no debe tener "distracciones", pues está cerca de "su etapa final". Me causan un horror y espanto negros pensar en la posibilidad de una existencia semejante: hijo bastardo por dos veces de poderosa familia sureña, arrastra consigo cierto 'tick' mesiánico, como si fuese el último eslabón de una larga sucesión de 'elegidos oscuros', arquetipos de tiempo y destrucción. Un perro negro convive con la pareja en una casa que presenta estado de abandono desde el exterior, asalvajada.

El capítulo avanza y yo cada vez lo tengo más claro: Errol Childress, asesino oscuro sin compasión es el minotauro. Pero no el minotauro de Teseo, no el minotauro de la tradición clásica: es el minotauro de Watts, ese que tan genialmente supo subvertir Borges. "Os devoraré a todos", dice. La pareja de detectives, Marty y Rust hacen una serie de averiguaciones a lo largo del capítulo que empujan la acción en la dirección de Errol. Descubren que ya tuvieron un encuentro con él en las investigaciones del asesinato de Dora Lange allá por la década de los noventa. Kilómetros y más kilómetros de carreteras secundarias llenas de árboles muertos y ciénagas destruidas una y otra vez por el paso de los huracanes; caminos de tierra que se pierden en el horizonte por donde solo circulan los detectives y Errol con su cortacésped segador de vida y esperanza. Tras una serie de fortuitas averiguaciones, Marty descubre una posible localización donde encontrar a este último asesino. Y allá que van la pareja de detectives.

El encuentro entre los detectives y Errol es desigual. Marty entra en la casa preguntando por Errol, solo la prima saber responder "está en todas partes", mientras pienso: ¡cuidado! Está en la casa y te puede destruir. Rust sigue su intuición detrás del cobertizo, a través de unos arbustos consigue ver al tiempo. Entran en Carcosa. Resulta que es un laberinto. La voz de Errol resuena y reclama la presencia de Rust en otro punto del laberinto. ¡Un laberinto! ¿Ves cómo tenía razón? ¡Mamá no te duermas! "¿Sabes lo que me hicieron? Lo que yo le haré a todos los hijos y las hijas del hombre" Rust, perdido, solo en el laberinto. Marty llega tarde, tan eficaz, tan romano. "Bendijiste a Reggie. A Dewall. Acólitos". La voz de Errol suena en la parte más primitiva de mi cerebro. Mamá, el asesino es el tiempo. Los va a matar a los dos. ¡Joder, mamá, despierta! ¡Lo estoy escuchando!, me dice. Pero si tu no sabes inglés, mamá. "Testigos de mi viaje. Amantes. No me avergüenzo". Rust llega al centro del laberinto. Una escultura hecha con cráneos humanos corona la escena; el detective ha llegado al centro del mal. De repente, una de las visiones de Rust ennegrecen la escena. Un tornado empieza a formarse en la oscuridad vacua de la luz, arrastrando consigo lo que parecen aves negras: los acólitos del mal. ¿Una suerte de Aleph inverso? La visión de una realidad subvertida. El centro de algo importante. ¿O no tanto? El juego de los espejos hace un flaco favor a Rust, carajo, que recibe una puñalada de nuestro amigo Errol. Que lo matan, mamá. Pero mamá ronca. Marty entra en escena, con un Rust que a base de cabezazos consigue darse un poco más de tiempo, y dispara, con mala fortuna, al minotauro herido en el equilibrio. El buen detective, amante y amado, recibe un hachazo en el pecho. Ambos, Marty y Rust, mortalmente heridos, están a merced del cruento asesino. Los va a matar a los dos. Y quedan veinte minutos. ¿Qué coño va a hacer Pizzolato? No creo que haya tantos minutos de créditos. Cuando Errol levanta el hacha para rematar a Marty, ¡pum!, suena un disparo y cae fulminado. Errol digo. Silencio. ¿Qué ocurre cuando uno mata al Tiempo?, pienso de repente. ¡Coño, han matado al Tiempo! Aunque Marty y Rust están malheridos. ¿Quiénes eran los detectives? ¡Han matado al Tiempo! Y el tiempo se para. Rust está en coma. Marty se recupera poco a poco. Ambos en el hospital. ¿Quiénes son? Han caminado largo tiempo delimitando la línea entre el bien y el mal. Buscando el sentido del mundo atroz que tienen delante, que no es sino el mundo interior que arde cada noche en ellos. ¿Qué elemento entra con la muerte del Tiempo? ¿Qué se pone de relieve? La Poesía. El juego de los arquetipos. El sueño caduco de un mortal que optó por la senda oscura. Los asesinos, el Tiempo, actúan. Los detectives analizan. Reflexionan. Elevan la capacidad del ser humano a una de sus cumbres -que las hay a montones. Oscuridad y luz. Universales que rigen de fondo el movimiento pendular de las épocas y su relación con los individuos. Chapeau por la estética escogida para plasmar todo esto en imagen.

Cuando Rust despierta del coma ha descubierto que puede sentir amor. "No los hemos cogido a todos", dice. Me permito responder: nunca los atraparéis. Nunca los atraparemos. Ni nos atraparán. Cuando unos se acaban otros empiezan, y viceversa. Supongo que este es el sinsabor del verdadero detective. Lo único que nos queda hoy y por siempre es seguir viendo girar la rueda que algún día nos aplastará. Cuando Rust regresa de los infiernos descubre que puede sentir amor. Y el amor se escapa de lo hetéreo, de los fantasmas de su hija y su padre, que lo comprenden ya desde el silencio. ¿Qué hay detrás de las estrellas? ¿Dónde se fue Remedios la Bella? ¿Y Aliocha? Memoria colectiva que olvidaremos como a los estoicos.

¿Qué ha pasado al final? Pregunta mamá. ¿Los han matado? ¡Pónmelo otra vez! Rebobino hasta la mitad del capítulo y le doy de nuevo al play. A los cinco minutos se queda dormida de nuevo. En la duermevela susurra, "que no los maten, que no los maten".

martes, 7 de octubre de 2014

Notas sobre 'True detective' (I)

Muy guapa la serie. Vedla.
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SPOILER

Puta serie de los huevos, tío. Las imágenes vuelven a mi retina días más tarde del visionado y no puedo evitarlo: vuelve el asalto a casa del traficante negro, vuelve aquella iglesia quemada en un páramo de Louisiana, vuelve Maggie a follarme a balón parado, vuelve aquél monstruo terrible de cicatrices en la cara a susurrame en el laberinto. Vuelvo a ver aquél Aleph que nos enseña Rust. Nic Pizzolato se ha servido de una soberbia base hermética para dar sentido a su genial detective. No sé por dónde empezar, la emoción me aturrulla en los pensamientos. Que no. Que es broma. Puede que se me haya ido la olla y haya querido ver 'amarillo' donde otros dicen 'azul'. Estas líneas no dejan de ser una aproximación subjetiva y personal a un aspecto muy concreto de la serie -donde creo que está el centro.

La presencia de Bolaño es más que notable a lo largo de la serie. Si ya el propio Pizzolato confirma en algunos comentarios que ha tenido la Obra de Bolaño como texto de fondo, quiero sacar a relucir alguno de esos puntos en los que ha tenido que ver, mucho, el autor chileno. Hay pequeños guiños directos en los diálogos, como una mención a Tormenta de mierda, que finalmente se publicó como Nocturno de Chile, pero creo que aquí lo oportuno es centrarse en los aspectos que tienen cierta relevancia. En primer lugar, el formato de los primeros capítulos: asistimos al testimonio narrado -y cruzado- de Rust y Marty, detectives protagonistas de la ficción. El espectador entra en la serie con un testimonio directo; no es hasta muy avanzada la trama cuando uno descubre quién pregunta y por qué: estructura similar, sino idéntica en su planteamiento, a la que presenta Los detectives salvajes -con muchas menos concesiones. Este procedimiento adolece de cierta rigidez, por lo que los directores artísticos optan por dar una mayor elasticidad conforme avanzan los capítulos: el suceder de los hechos narrados se hace notablemente ligero, permite la inclusión de diversos recuerdos y situaciones según quién es el narrador e, incluso, los detalles son diferentes en uno y otro caso -si os fijáis bien.

La elección de la figura del detective como envase de esa inquietud investigadora no es baladí en la actualidad: Rust es un filósofo de formación notable que se sirve de los crímenes para bucear en las profundidades del ser humano (que diría Dalí) y tratar de dar respuesta a las preguntas que minan su ser. Sin ir más lejos, en la última entrevista que concedió, Bolaño afirmó: "Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca". La única ocasión en la que el espectador tiene oportunidad de ver qué ocurre dentro de la mente de Rust es en el capítulo cinco, al final: en la habitación en penumbra, desordenada y sucia de un colegio abandonado el detective encuentra un atrapadiablos de los que pueblan la serie completa; el director abre plano y el espectador descubre que está mirando a través de una ventana con los cristales rotos donde aparecen dibujadas dos estrellas negras. De un lado, la premonición dada por Reginald Ledoux poco antes de su muerte: "las estrellas negras suben. [...] Yo ya he soñado contigo, pequeño hombre"; de otro, de nuevo, el final de Los detectives salvajes: ventanas, estrellas y silencio. Estrellas negras, estrellas oscuras. Silencio. La mente de Rust es un hervidero de ideas que buscan conexión a pesar de estar a oscuras. Pesa en el alma del pobre detective la pobre y limitada condición humana: trabajar de cerca con el mal te lleva a múltiples abismos. Pizzolato lo sabía y, a toro pasado, habló de cierto final alternativo en el que tanto Rust como Marty se pierden al final del último capítulo en ese inmenso laberinto que es Carcosa. En una conversación con su amigo Rodrigo Fresán, "Bolaño se confesó tentado de que Belano acabara como una suerte de eternauta viajando a través del tiempo y transmitiendo desde el futuro". Cada personaje a su manera, pero todos perdidos en el tiempo y el espacio. En el caso de Rust y Marty, solo recuerdo; en el caso de Belano, y con unos códigos fantásticos -de fantasía- con saltos en el tiempo. No digo desde aquí que Pizzolato conociese las intenciones de Bolaño y su Belano, no; el territorio en el que ambos se mueven es similar y, a veces, pueden llegar a los mismos caminos. En la otra obra de Bolaño, 2666, el centro de buena parte de la ficción son los crímenes atroces que se llevan a cabo casi de un modo sistemático en la frontera entre EEUU y México. 'True detective' se desarrolla al otro lado de la frontera y trata, también, con crímenes deliberados y constantes, que se aplican con una matemática casi perfecta: el código estético desarrollado por los Tuttle & Co. en sus asesinatos arrastran consigo una tradición melancólica profunda, arraigada desde tiempos ascentrales en la psique del ser humano.

Saliéndome de Bolaño, he leído en otros discursos el peso que tienen Lovecraft y Chambers, junto a otros escritores y pensadores, en el conjunto de la serie. No están equivocados: el juego que se establece con el Rey Amarillo, Carcosa, los juegos saturnales tienen referentes de naturaleza primitiva. La serie está trufada de guiños y detalles que gotean en la memoria receptiva del espectador, generando un poso de sensaciones que, bien sin ser del todo comprendidas, entiende de un modo visceral. Las fábricas que aparecen siempre de fondo en el horizonte, la huella de un pasado y un presente industrial de gran calado; la constante soledad de las carreteras que serpentean entre pantanos y ciénagas, aquél jardinero que siega jardines, cementerios, parroquias y colegios de apariencia extremadamente amable, etc. Todo ello remite a una deidad primitiva con toques modernos: baste nombrar de momento a Cronos con un ramalazo muy al estilo de Baudelaire. En cualquier caso, en la siguiente entrada trataré de dar sentido a ese final que tan genialmente ha dejado espacio para asumir otras realidades.