Y el final guapísimo, ya veréis.
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SPOILER NUMBER ONE
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SPOILER NUMBER ONE
Mamá me pide el final de 'True detective'. Vamos a ver el último capítulo, me dice, que al final me ha 'enganchao'. Voy al ordenador, paso el capítulo y los subtítulos al disco duro -siempre en versión original, siempre-, bajo al salón y me sumerjo, también, en el ambiente: luz tenue, puertas cerradas, sillón con tres o cuatro cojines y el puf a mis pies. Todo está preparado para darle al play. Y empieza la música.
El ritmo del relato se ha venido acrecentando en los últimos capítulos; la serie es benévola con sus espectadores y se ciñe estrictamente a lo que quiere contar: los adornos son mínimos y, acaso, necesarios. La presentación del antagonista, Errol Childress, el hombre de las cicatrices que aparece en un buen número de testimonios, inicia el principio del fin: con un cadáver en un pequeño cobertizo y una casa un tanto desordenada, se descubre la relación incestuosa que tiene con su prima en base a la metáfora de "hacer flores". En una intentona de esquivar los eróticos deseos de su prima, Errol afirma que no debe tener "distracciones", pues está cerca de "su etapa final". Me causan un horror y espanto negros pensar en la posibilidad de una existencia semejante: hijo bastardo por dos veces de poderosa familia sureña, arrastra consigo cierto 'tick' mesiánico, como si fuese el último eslabón de una larga sucesión de 'elegidos oscuros', arquetipos de tiempo y destrucción. Un perro negro convive con la pareja en una casa que presenta estado de abandono desde el exterior, asalvajada.
El capítulo avanza y yo cada vez lo tengo más claro: Errol Childress, asesino oscuro sin compasión es el minotauro. Pero no el minotauro de Teseo, no el minotauro de la tradición clásica: es el minotauro de Watts, ese que tan genialmente supo subvertir Borges. "Os devoraré a todos", dice. La pareja de detectives, Marty y Rust hacen una serie de averiguaciones a lo largo del capítulo que empujan la acción en la dirección de Errol. Descubren que ya tuvieron un encuentro con él en las investigaciones del asesinato de Dora Lange allá por la década de los noventa. Kilómetros y más kilómetros de carreteras secundarias llenas de árboles muertos y ciénagas destruidas una y otra vez por el paso de los huracanes; caminos de tierra que se pierden en el horizonte por donde solo circulan los detectives y Errol con su cortacésped segador de vida y esperanza. Tras una serie de fortuitas averiguaciones, Marty descubre una posible localización donde encontrar a este último asesino. Y allá que van la pareja de detectives.
El encuentro entre los detectives y Errol es desigual. Marty entra en la casa preguntando por Errol, solo la prima saber responder "está en todas partes", mientras pienso: ¡cuidado! Está en la casa y te puede destruir. Rust sigue su intuición detrás del cobertizo, a través de unos arbustos consigue ver al tiempo. Entran en Carcosa. Resulta que es un laberinto. La voz de Errol resuena y reclama la presencia de Rust en otro punto del laberinto. ¡Un laberinto! ¿Ves cómo tenía razón? ¡Mamá no te duermas! "¿Sabes lo que me hicieron? Lo que yo le haré a todos los hijos y las hijas del hombre" Rust, perdido, solo en el laberinto. Marty llega tarde, tan eficaz, tan romano. "Bendijiste a Reggie. A Dewall. Acólitos". La voz de Errol suena en la parte más primitiva de mi cerebro. Mamá, el asesino es el tiempo. Los va a matar a los dos. ¡Joder, mamá, despierta! ¡Lo estoy escuchando!, me dice. Pero si tu no sabes inglés, mamá. "Testigos de mi viaje. Amantes. No me avergüenzo". Rust llega al centro del laberinto. Una escultura hecha con cráneos humanos corona la escena; el detective ha llegado al centro del mal. De repente, una de las visiones de Rust ennegrecen la escena. Un tornado empieza a formarse en la oscuridad vacua de la luz, arrastrando consigo lo que parecen aves negras: los acólitos del mal. ¿Una suerte de Aleph inverso? La visión de una realidad subvertida. El centro de algo importante. ¿O no tanto? El juego de los espejos hace un flaco favor a Rust, carajo, que recibe una puñalada de nuestro amigo Errol. Que lo matan, mamá. Pero mamá ronca. Marty entra en escena, con un Rust que a base de cabezazos consigue darse un poco más de tiempo, y dispara, con mala fortuna, al minotauro herido en el equilibrio. El buen detective, amante y amado, recibe un hachazo en el pecho. Ambos, Marty y Rust, mortalmente heridos, están a merced del cruento asesino. Los va a matar a los dos. Y quedan veinte minutos. ¿Qué coño va a hacer Pizzolato? No creo que haya tantos minutos de créditos. Cuando Errol levanta el hacha para rematar a Marty, ¡pum!, suena un disparo y cae fulminado. Errol digo. Silencio. ¿Qué ocurre cuando uno mata al Tiempo?, pienso de repente. ¡Coño, han matado al Tiempo! Aunque Marty y Rust están malheridos. ¿Quiénes eran los detectives? ¡Han matado al Tiempo! Y el tiempo se para. Rust está en coma. Marty se recupera poco a poco. Ambos en el hospital. ¿Quiénes son? Han caminado largo tiempo delimitando la línea entre el bien y el mal. Buscando el sentido del mundo atroz que tienen delante, que no es sino el mundo interior que arde cada noche en ellos. ¿Qué elemento entra con la muerte del Tiempo? ¿Qué se pone de relieve? La Poesía. El juego de los arquetipos. El sueño caduco de un mortal que optó por la senda oscura. Los asesinos, el Tiempo, actúan. Los detectives analizan. Reflexionan. Elevan la capacidad del ser humano a una de sus cumbres -que las hay a montones. Oscuridad y luz. Universales que rigen de fondo el movimiento pendular de las épocas y su relación con los individuos. Chapeau por la estética escogida para plasmar todo esto en imagen.
Cuando Rust despierta del coma ha descubierto que puede sentir amor. "No los hemos cogido a todos", dice. Me permito responder: nunca los atraparéis. Nunca los atraparemos. Ni nos atraparán. Cuando unos se acaban otros empiezan, y viceversa. Supongo que este es el sinsabor del verdadero detective. Lo único que nos queda hoy y por siempre es seguir viendo girar la rueda que algún día nos aplastará. Cuando Rust regresa de los infiernos descubre que puede sentir amor. Y el amor se escapa de lo hetéreo, de los fantasmas de su hija y su padre, que lo comprenden ya desde el silencio. ¿Qué hay detrás de las estrellas? ¿Dónde se fue Remedios la Bella? ¿Y Aliocha? Memoria colectiva que olvidaremos como a los estoicos.
¿Qué ha pasado al final? Pregunta mamá. ¿Los han matado? ¡Pónmelo otra vez! Rebobino hasta la mitad del capítulo y le doy de nuevo al play. A los cinco minutos se queda dormida de nuevo. En la duermevela susurra, "que no los maten, que no los maten".
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