martes, 7 de octubre de 2014

Notas sobre 'True detective' (I)

Muy guapa la serie. Vedla.
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SPOILER

Puta serie de los huevos, tío. Las imágenes vuelven a mi retina días más tarde del visionado y no puedo evitarlo: vuelve el asalto a casa del traficante negro, vuelve aquella iglesia quemada en un páramo de Louisiana, vuelve Maggie a follarme a balón parado, vuelve aquél monstruo terrible de cicatrices en la cara a susurrame en el laberinto. Vuelvo a ver aquél Aleph que nos enseña Rust. Nic Pizzolato se ha servido de una soberbia base hermética para dar sentido a su genial detective. No sé por dónde empezar, la emoción me aturrulla en los pensamientos. Que no. Que es broma. Puede que se me haya ido la olla y haya querido ver 'amarillo' donde otros dicen 'azul'. Estas líneas no dejan de ser una aproximación subjetiva y personal a un aspecto muy concreto de la serie -donde creo que está el centro.

La presencia de Bolaño es más que notable a lo largo de la serie. Si ya el propio Pizzolato confirma en algunos comentarios que ha tenido la Obra de Bolaño como texto de fondo, quiero sacar a relucir alguno de esos puntos en los que ha tenido que ver, mucho, el autor chileno. Hay pequeños guiños directos en los diálogos, como una mención a Tormenta de mierda, que finalmente se publicó como Nocturno de Chile, pero creo que aquí lo oportuno es centrarse en los aspectos que tienen cierta relevancia. En primer lugar, el formato de los primeros capítulos: asistimos al testimonio narrado -y cruzado- de Rust y Marty, detectives protagonistas de la ficción. El espectador entra en la serie con un testimonio directo; no es hasta muy avanzada la trama cuando uno descubre quién pregunta y por qué: estructura similar, sino idéntica en su planteamiento, a la que presenta Los detectives salvajes -con muchas menos concesiones. Este procedimiento adolece de cierta rigidez, por lo que los directores artísticos optan por dar una mayor elasticidad conforme avanzan los capítulos: el suceder de los hechos narrados se hace notablemente ligero, permite la inclusión de diversos recuerdos y situaciones según quién es el narrador e, incluso, los detalles son diferentes en uno y otro caso -si os fijáis bien.

La elección de la figura del detective como envase de esa inquietud investigadora no es baladí en la actualidad: Rust es un filósofo de formación notable que se sirve de los crímenes para bucear en las profundidades del ser humano (que diría Dalí) y tratar de dar respuesta a las preguntas que minan su ser. Sin ir más lejos, en la última entrevista que concedió, Bolaño afirmó: "Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca". La única ocasión en la que el espectador tiene oportunidad de ver qué ocurre dentro de la mente de Rust es en el capítulo cinco, al final: en la habitación en penumbra, desordenada y sucia de un colegio abandonado el detective encuentra un atrapadiablos de los que pueblan la serie completa; el director abre plano y el espectador descubre que está mirando a través de una ventana con los cristales rotos donde aparecen dibujadas dos estrellas negras. De un lado, la premonición dada por Reginald Ledoux poco antes de su muerte: "las estrellas negras suben. [...] Yo ya he soñado contigo, pequeño hombre"; de otro, de nuevo, el final de Los detectives salvajes: ventanas, estrellas y silencio. Estrellas negras, estrellas oscuras. Silencio. La mente de Rust es un hervidero de ideas que buscan conexión a pesar de estar a oscuras. Pesa en el alma del pobre detective la pobre y limitada condición humana: trabajar de cerca con el mal te lleva a múltiples abismos. Pizzolato lo sabía y, a toro pasado, habló de cierto final alternativo en el que tanto Rust como Marty se pierden al final del último capítulo en ese inmenso laberinto que es Carcosa. En una conversación con su amigo Rodrigo Fresán, "Bolaño se confesó tentado de que Belano acabara como una suerte de eternauta viajando a través del tiempo y transmitiendo desde el futuro". Cada personaje a su manera, pero todos perdidos en el tiempo y el espacio. En el caso de Rust y Marty, solo recuerdo; en el caso de Belano, y con unos códigos fantásticos -de fantasía- con saltos en el tiempo. No digo desde aquí que Pizzolato conociese las intenciones de Bolaño y su Belano, no; el territorio en el que ambos se mueven es similar y, a veces, pueden llegar a los mismos caminos. En la otra obra de Bolaño, 2666, el centro de buena parte de la ficción son los crímenes atroces que se llevan a cabo casi de un modo sistemático en la frontera entre EEUU y México. 'True detective' se desarrolla al otro lado de la frontera y trata, también, con crímenes deliberados y constantes, que se aplican con una matemática casi perfecta: el código estético desarrollado por los Tuttle & Co. en sus asesinatos arrastran consigo una tradición melancólica profunda, arraigada desde tiempos ascentrales en la psique del ser humano.

Saliéndome de Bolaño, he leído en otros discursos el peso que tienen Lovecraft y Chambers, junto a otros escritores y pensadores, en el conjunto de la serie. No están equivocados: el juego que se establece con el Rey Amarillo, Carcosa, los juegos saturnales tienen referentes de naturaleza primitiva. La serie está trufada de guiños y detalles que gotean en la memoria receptiva del espectador, generando un poso de sensaciones que, bien sin ser del todo comprendidas, entiende de un modo visceral. Las fábricas que aparecen siempre de fondo en el horizonte, la huella de un pasado y un presente industrial de gran calado; la constante soledad de las carreteras que serpentean entre pantanos y ciénagas, aquél jardinero que siega jardines, cementerios, parroquias y colegios de apariencia extremadamente amable, etc. Todo ello remite a una deidad primitiva con toques modernos: baste nombrar de momento a Cronos con un ramalazo muy al estilo de Baudelaire. En cualquier caso, en la siguiente entrada trataré de dar sentido a ese final que tan genialmente ha dejado espacio para asumir otras realidades.

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