Quiero un despacho vacío. Una de esas habitaciones que tienen ventana al exterior. Que pueda ver una avenida, una calle, un pasaje o un callejón; no importa mucho, quiero un despacho vacío con ventana al exterior. Un despacho vacío con una mesa vacía y un ordenador vacío. Que tenga un bolígrafo negro y otro azul y algunas hojas de papel. Ni una foto de familia, ni una planta de plástico, ni un flexo y mucho menos teléfono. Una silla incómoda donde pueda sentarme cada mañana, una botella de cristal que rellene con agua. Nada de persianas, nada de estanterías: que los libros se acumulen en montañas de siete, catorce, veintiún o veintiocho ejemplares. Que las esquinas estén repletas de libros que me sepa de memoria por orden de autor, de año. De editorial. Que una caja de cartón con papeles amarillos haga las veces de archivo. Paredes blancas --a pesar de la humedad-- y una bombilla en el techo que ayude en los días nublados. Quiero un casero que me deje tranquilo y solo en mi casa vacía y nunca me pregunte por qué no tienes un sofá y una tele y una nevera y una mesa. Que no me pregunte qué haces aquí sin cama y sin comida, dónde vas por las noches o es aquí donde trabajas. A qué te dedicas. Quiero un despacho vacío en una casa vacía. Espero que no hagas nada raro. Donde solo estoy yo.
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