A L.U.R., por la amistad.
No se puede escribir pretendiendo ser un plumífero de tercera.
ANTONIO SOLER
Admitámoslo, estás enamorado de Frieda porque acaba
de dejarte. Es fácil estar enamorado cuando ella está lejos.
FRANZ KAFKA
Hay un tipo de amor. Hay un tipo de viaje. Hay más tipos de amor tras el viaje. Se folletea o se jode --que tienen muy pocas diferencias-- cuando uno llega de noche a casa en un notable estado de embriaguez y se pasa dos horas o tres o cuatro intentando echar un polvo que al día siguiente se recuerdan como diez minutos y de los que siente culpa; ocurre cuando alguien trata de hacer lo propio pero aún no ha desayunado y se queda a medio camino, cuando se acuerda de que ha dejado el gas abierto y tiene que comprar pan de sándwich y mantequilla para desayunar. La culpa es un factor fundamental cuando uno folletea. Joder es lo mismo pero al final se acaba llamando por teléfono a alguien que nos trae un recuerdo agradable. Si a la culpa se une que alguien salga herido (participe o no del acto) es joder. Cuando no, ya lo he dicho, folletear. Horas propicias: antes de desayunar, antes de comer, antes de cenar, después de beber. En líneas generales, cuando uno folletea o jode tiende a olvidar pronto el envite y sedimenta sobre el recuerdo nuevas vivencias que tienen, incluso, menos interés: escritura cursiva de algo tan sucio como los sentimientos, limpieza del coche, orden de fotos --en formato físico o digital--, paseo visual por las estanterías haciendo un recuento de los libros leídos, lavado de montañas de platos, planchado de camisas, lectura de textos escritos en la adolescencia. A este nivel uno acaba por no recordar ni una de las letras del abecedario, por lo que no merece la pena ni un ejemplo.
En cambio, un polvo se echa a cualquier hora del día si la situación lo sugiere: aunque ambos tengan una resaca monumental, S despierta a E con malas artes y no vuelven a dormirse hasta una hora después, momento en el que S cae rendido al costado de la cama que ambos comparten por tercera vez; en un descanso para el café de la oficina, M y J cierran el círculo que empezó meses atrás cuando J llegó a la oficina y M sintió una terrible atracción al oler, sin querer, el abrigo de J como gesto de cortesía que el jefe de ambos valoró de forma muy positiva; D y B, compañeros de clase, caminan durante quince minutos por el campus universitario en construcción de una ciudad que ambos desconocen y llegan a un edificio aún vacío donde es fácil subir a los cuartos de baño de la última planta sin que el vigilante repare en ello; aprovechando la ausencia de sus familiares después de comer--uno trabaja, otro ha ido a visitar enfermos y el último en discordia, que siempre está en casa, está comprando con amigos algo para el instituto--, T llama por teléfono a U, que se viste, coge la moto, conduce un poco más rápido de lo habitual por las calles de la ciudad y sube nervioso al ascensor mirándose en el espejo tratando de transmitir calma, es la primera vez que acude a casa de T que, para desespero de U, es un séptimo; R baja las escaleras del edificio donde vive O sin saber a qué calle de la ciudad dará el portal: sonríe al rememorar las horas precedentes, sonríe, a pesar del dolor de cabeza, al imaginar cómo reaccionaría Y ante el inicio de un relato así; S conduce y recoge a N de una avenida con muchísimo tráfico a las ocho de la tarde, después de unos kilómetros por el carril paralelo a un río cercano a la ciudad S para el coche y abre las ventanillas que están llenas de polvo, los gritos de N se pueden escuchar en varias casas de alrededor, incluso alguien descuelga el teléfono para llamar a la policía; B llega a casa después de tomar unas cañas y encuentra a su roommate P sin ropa en la cocina, al cabo de unos minutos que ninguno sabe precisar de un modo exacto están en el salón frente al televisor apagado, después en el cuarto de baño y, por último, en una habitación antes ordenada, justo veinte minutos antes de que alguien llegue de no se sabe qué destino incierto a pegar con los nudillos en la puerta; L sube en bicicleta por un carril de tierra una mañana de calor, recuerda aquella vez en la que ascendiendo por el mismo tramo M llamó por teléfono para decir que quería devolver unos objetos y otros regalos que al cabo de una hora --el tiempo que L tardó en regresar-- estaban tirados por el suelo del salón y alguien se afanó en recoger cuando el silencio volvió, feliz, al hogar. La cuestión es que S no piensa en E ni en N ni en O, que ha dejado de pensar en S para pensar en F y encontrar a R, quien, por otra parte, no sabe cómo se llama O hasta el tercer o cuarto encuentro casual; M no piensa en J, más allá de los breves y concisos contactos que tienen en horario laboral, y J piensa en E y T, aunque no sepa quienes son exactamente: se ha cruzado con E varias veces en bares del centro de la ciudad y ha ido a jugar a las cartas a una casa donde estaba T. B solo piensa en D cuando ve sin compañía alguna película en la televisión, y a E le encantaría que P o U o D o S pensaran en tener algún detalle romántico cuando nadie en realidad estaría dispuesto a gastar tiempo ni dinero en ello. S no piensa en nadie a pesar de sentir cosquillas en el estómago justo cuando recuerda las manos de alguien que ya no tiene posibilidad de ver y que se empeña en recordar como K, aunque en realidad sea C --nada de sentido figurado--, además, ha perdido los teléfonos de I, T, X, y de O solo guarda una pulsera que perdió el tacto y color original en el segundo lavado (se había manchado de comida y sangre). T, que conoce a M, habla con J de S y de M y de las veces que han podido echar un polvo aquí o allí con la intención de que J sienta algún tipo de celos, de manera que la conversación pasa sin ir más allá de unas fantasmales ideas que solo despiertan una melancolía azul en J. A Y le divierte conocer de cerca las aventuras de S, de R y de J sin que tengan la más mínima idea; durante el tiempo en el que L se faja en recordar a M como un capricho efervescente al que se le acabaron las burbujas, T insiste en U, en D y, dependiendo del día, en P; aún no se ha dado cuenta de que solo podrá dejar de echar polvos cuando folle con G al fin.
A y C follan cada dos o tres meses, o seis, incluso cada nueve meses, con una inusitada y prolongada pasión que los deja exhaustos y rendidos después de cada encuentro. No se entienden fuera de ese contexto: una llamada de teléfono desencadena unas horas de pérdida que a C trae más problemas que a A, que nunca tiene pareja. A y C follan en coches, hoteles, apartamentos, habitaciones que A tiene alquiladas por alguna razón que C no ha llegado a entender; follan en pisos de amigos, hostales de carretera, pueblos de paso hacia un futuro que A espera, poblaciones costeras cerca de la ciudad --que encanta a C--; follan y el teléfono de C suena de fondo, follan frente a borrachitos tristes que olvidaron el camino de vuelta a casa, follan mientras alguien que conoce a A piensa desde una ciudad polvorienta en qué hubiese ocurrido entre ellos si alguno de los dos hubiera tenido el valor suficiente para iniciar un ¿qué? A y C follan jurándose amor, cada vez gritando menos, elevando a susurros las declaraciones que el tiempo erosiona con macabra sorpresa. Follan en cualquier lugar sin mirarse a los ojos, sólo tocándose, sólo sabiendo que uno es A y otro C, diciendo no me mires, diciendo aquí hemos venido a follar, diciendo no me des ningún beso. Follan como nadie ha follado con ellos y se entregan en cada curva como si fuese la última. El tiempo que A pasa sin C es distinto al que C pasa sin A. Para A la ausencia de C se traduce en tardes enteras mirando por la ventana a la gente que pasa: ocupa su pensamiento la pérdida en vericuetos sinuosos que dibuja una realidad alternativa en la que C es protagonista. En otro tiempo esta situación podría desembocar en episodios de ira y depresión; ahora A lo asume con cierta alegría. Para C la ausencia de A es un prolongado silencio que intenta rellenar con decenas, cientos, tal vez miles de actividades de menor o mayor decencia moral que encuentran el final de su sendero en un número de teléfono apuntado en un trozo de papel perdido, a conciencia, en las páginas de un libro que encantó a C en su adolescencia. En ambos casos el monstruo acecha. En ambos casos la sombra se cierne hasta que, de nuevo, llega la luz. Podríamos estar juntos, dice A. El sacrificio sería enorme, dice C. En el siguiente encuentro las palabras son las mismas pero han cambiado de bando: Quiero vivir contigo, dice C. No me mires cuando te follo, dice A. La situación se complica cuando C se marcha a vivir, sin compañía, al extranjero. Conmigo no te haría falta trabajar, dice A. Es eso precisamente lo que no quiero, dice C. Al cabo de unos meses, cuando A tiene vacaciones, viaja al extranjero a visitar a C. Jugaremos a ser otros, dice A. Solo espero que te marches pronto, dice C. Al tercer o cuarto día, cuando C llega a casa tras un largo paseo por las calles de la otra ciudad, no se encuentra con A en la casa: siente una preocupación que creía olvidada. Encuentra, después de unos minutos, una nota en el salón: vuelvo a la noche. Espérame en silencio. ¿Qué silencio? C duerme en el sillón cuando A abre la puerta. C despierta con un beso de A. Sin mediar palabra, A recita un poema a C en el que aparecen ambos. ¿Desde cuándo escribes?, dice C. Todos los versos son para ti, dice A. En ocho minutos empiezan a follar pero acaban haciendo el amor por primera vez.
El amor se hace con la mano izquierda de otro; dos veces desconocida. W y Z lo descubrieron hace mucho tiempo. Entregarse al amor como un artista al arte, dice Z. ¿Cómo se entrega un artista al amor?, dice W. En silencio, el viento mueve las aspas de un molino de papel clavado en una maceta. El dedo anular de Z hace el camino sin titubear. Una W infantil agacha la cabeza y aguanta el llanto: acaba de romper un jarrón. El agua baja por la acequia con un vago rumor. Las paletas de W tocan el labio inferior; los párpados aguardan entornados. ¿Qué tiempo?, dice Z. Silencio. Espacio. La palma aprieta. Una pompa de jabón aquí dentro, W señala su esternón. ¿Dónde dejo mi dimensión trascendental contigo? W piensa, soy tu mejor obra de arte. El buje trasero de una bicicleta suena cuesta abajo; alguien viene por la colina. ¿Cuándo me dejo vivir? Z dibuja círculos concéntricos: grandes primero, pequeños después. W abre los ojos: ¿qué buscas? ¿A qué te asomas? Sentado sobre varios cojines, Z apenas alcanza para verse el rostro: acaba de cortarse el pelo. Veo como otros te tocan como yo, dice Z. Alguien da un grito; nobody looks around. ¿Nadie? Intentan atraparme, siempre atraparme y yo siempre me escapo. ¿Por qué contigo? Un acto de amor loco, un insulto a uno mismo; la bala perdida de un tiro de otro tiempo que vino a rompernos el corazón. El reflejo no sirve. ¿Y yo qué soy para ti?, susurra Z. Una bandada de flamencos alza el vuelo en la lejanía. W sonríe en la oscuridad: ya tiene su primer beso. Y la música que olvidan, aquí, con el dedo en la sien. Las líneas de la mano, gotas de agua, dice Z. Perros, como lobos, observan atentos al que pasa. Z utiliza la voz y la respiración: templanza, piensa, fortaleza. ¿Recuerdas el barco cruzando la bahía?, W. Siente la mano bajando por la espalda. Justicia. W muerde. Navegamos en la sombra, dice Z. ¿Y la luz? Cierra los párpados. La mano de Z sobrevuela la piel de W; la toca en descuidos que destruyen torres en su interior. ¿Y la luz? Ya viene, piensa W. Navegamos en la sombra, dice Z. ¿Por quién lo haces?, suspira W. Yo solo soy consecuente, aspira Z. El ciclista se baja de la bicicleta a unos metros de la casa, el calor aprieta; se sienta bajo un árbol y bebe agua. Prudencia, sostiene Z. Me tengo que ir, acaba W.