lunes, 11 de mayo de 2015

a b e c e d a r i o

A L.U.R., por la amistad.

No se puede escribir pretendiendo ser un plumífero de tercera.
ANTONIO SOLER

Admitámoslo, estás enamorado de Frieda porque acaba 
de dejarte. Es fácil estar enamorado cuando ella está lejos.
FRANZ KAFKA

Las letras del abecedario arrancan con un fino trazo de grafito o tinta en el papel. A veces este primer trazo busca la curva y cierra un círculo; otras dibuja pequeñas montañas, alza el vuelo hacia arriba o se sume en la más profunda de las simas --el siguiente renglón. Cuando el primer trazo está definido de una forma independiente otros vienen detrás y se conjugan. Pueden sonar bien o mal. Suenan. Una, otra vez. Las letras del abecedario se mezclan y prueban; algunos insistieron en el azar. Puede ser, o no. Y a todas -todas- una goma de borrar, una cuchilla o la blanca tinta correctora las acaban borrando.

Hay un tipo de amor. Hay un tipo de viaje. Hay más tipos de amor tras el viaje. Se folletea o se jode --que tienen muy pocas diferencias-- cuando uno llega de noche a casa en un notable estado de embriaguez y se pasa dos horas o tres o cuatro intentando echar un polvo que al día siguiente se recuerdan como diez minutos y de los que siente culpa; ocurre cuando alguien trata de hacer lo propio pero aún no ha desayunado y se queda a medio camino, cuando se acuerda de que ha dejado el gas abierto y tiene que comprar pan de sándwich y mantequilla para desayunar. La culpa es un factor fundamental cuando uno folletea. Joder es lo mismo pero al final se acaba llamando por teléfono a alguien que nos trae un recuerdo agradable. Si a la culpa se une que alguien salga herido (participe o no del acto) es joder. Cuando no, ya lo he dicho, folletear. Horas propicias: antes de desayunar, antes de comer, antes de cenar, después de beber. En líneas generales, cuando uno folletea o jode tiende a olvidar pronto el envite y sedimenta sobre el recuerdo nuevas vivencias que tienen, incluso, menos interés: escritura cursiva de algo tan sucio como los sentimientos, limpieza del coche, orden de fotos --en formato físico o digital--, paseo visual por las estanterías haciendo un recuento de los libros leídos, lavado de montañas de platos, planchado de camisas, lectura de textos escritos en la adolescencia. A este nivel uno acaba por no recordar ni una de las letras del abecedario, por lo que no merece la pena ni un ejemplo.

En cambio, un polvo se echa a cualquier hora del día si la situación lo sugiere: aunque ambos tengan una resaca monumental,  S despierta a E con malas artes y no vuelven a dormirse hasta una hora después, momento en el que S cae rendido al costado de la cama que ambos comparten por tercera vez; en un descanso para el café de la oficina, M y J cierran el círculo que empezó meses atrás cuando J llegó a la oficina y M sintió una terrible atracción al oler, sin querer, el abrigo de J como gesto de cortesía que el jefe de ambos valoró de forma muy positiva; D y B, compañeros de clase, caminan durante quince minutos por el campus universitario en construcción de una ciudad que ambos desconocen y llegan a un edificio aún vacío donde es fácil subir a los cuartos de baño de la última planta sin que el vigilante repare en ello; aprovechando la ausencia de sus familiares después de comer--uno trabaja, otro ha ido a visitar enfermos y el último en discordia, que siempre está en casa, está comprando con amigos algo para el instituto--, T llama por teléfono a U, que se viste, coge la moto, conduce un poco más rápido de lo habitual por las calles de la ciudad y sube nervioso al ascensor mirándose en el espejo tratando de transmitir calma, es la primera vez que acude a casa de T que, para desespero de U, es un séptimo; R baja las escaleras del edificio donde vive O sin saber a qué calle de la ciudad dará el portal: sonríe al rememorar las horas precedentes, sonríe, a pesar del dolor de cabeza, al imaginar cómo reaccionaría Y ante el inicio de un relato así; S conduce y recoge a N de una avenida con muchísimo tráfico a las ocho de la tarde, después de unos kilómetros por el carril paralelo a un río cercano a la ciudad S para el coche y abre las ventanillas que están llenas de polvo, los gritos de N se pueden escuchar en varias casas de alrededor, incluso alguien descuelga el teléfono para llamar a la policía; B llega a casa después de tomar unas cañas y encuentra a su roommate  P sin ropa en la cocina, al cabo de unos minutos que ninguno sabe precisar de un modo exacto están en el salón frente al televisor apagado, después en el cuarto de baño y, por último, en una habitación antes ordenada, justo veinte minutos antes de que alguien llegue de no se sabe qué destino incierto a pegar con los nudillos en la puerta; L sube en bicicleta por un carril de tierra una mañana de calor, recuerda aquella vez en la que ascendiendo por el mismo tramo M llamó por teléfono para decir que quería devolver unos objetos y otros regalos que al cabo de una hora --el tiempo que L tardó en regresar-- estaban tirados por el suelo del salón y alguien se afanó en recoger cuando el silencio volvió, feliz, al hogar. La cuestión es que S no piensa en E ni en N ni en O, que ha dejado de pensar en S para pensar en F y encontrar a R, quien, por otra parte, no sabe cómo se llama O hasta el tercer o cuarto encuentro casual; M no piensa en J, más allá de los breves y concisos contactos que tienen en horario laboral, y J piensa en E y T, aunque no sepa quienes son exactamente: se ha cruzado con E varias veces en bares del centro de la ciudad y ha ido a jugar a las cartas a una casa donde estaba T. B solo piensa en D cuando ve sin compañía alguna película en la televisión, y a E le encantaría que P o U o D o S pensaran en tener algún detalle romántico cuando nadie en realidad estaría dispuesto a gastar tiempo ni dinero en ello. S no piensa en nadie a pesar de sentir cosquillas en el estómago justo cuando recuerda las manos de alguien que ya no tiene posibilidad de ver y que se empeña en recordar como K, aunque en realidad sea C --nada de sentido figurado--, además, ha perdido los teléfonos de I, T, X, y de O solo guarda una pulsera que perdió el tacto y color original en el segundo lavado (se había manchado de comida y sangre). T, que conoce a M, habla con J de S y de M y de las veces que han podido echar un polvo aquí o allí con la intención de que J sienta algún tipo de celos, de manera que la conversación pasa sin ir más allá de unas fantasmales ideas que solo despiertan una melancolía azul en J. A Y le divierte conocer de cerca las aventuras de S, de R y de J sin que tengan la más mínima idea; durante el tiempo en el que L se faja en recordar a M como un capricho efervescente al que se le acabaron las burbujas, T insiste en U, en D y, dependiendo del día, en P; aún no se ha dado cuenta de que solo podrá dejar de echar polvos cuando folle con G al fin.

A y C follan cada dos o tres meses, o seis, incluso cada nueve meses, con una inusitada y prolongada pasión que los deja exhaustos y rendidos después de cada encuentro. No se entienden fuera de ese contexto: una llamada de teléfono desencadena unas horas de pérdida que a C trae más problemas que a A, que nunca tiene pareja. A y C follan en coches, hoteles, apartamentos, habitaciones que A tiene alquiladas por alguna razón que C no ha llegado a entender; follan en pisos de amigos, hostales de carretera, pueblos de paso hacia un futuro que A espera, poblaciones costeras cerca de la ciudad  --que encanta a C--; follan y el teléfono de C suena de fondo, follan frente a borrachitos tristes que olvidaron el camino de vuelta a casa, follan mientras alguien que conoce a A piensa desde una ciudad polvorienta en qué hubiese ocurrido entre ellos si alguno de los dos hubiera tenido el valor suficiente para iniciar un ¿qué? A y C follan jurándose amor, cada vez gritando menos, elevando a susurros las declaraciones que el tiempo erosiona con macabra sorpresa. Follan en cualquier lugar sin mirarse a los ojos, sólo tocándose, sólo sabiendo que uno es A y otro C, diciendo no me mires, diciendo aquí hemos venido a follar, diciendo no me des ningún beso. Follan como nadie ha follado con ellos y se entregan en cada curva como si fuese la última. El tiempo que A pasa sin C es distinto al que C pasa sin A. Para A la ausencia de C se traduce en tardes enteras mirando por la ventana a la gente que pasa: ocupa su pensamiento la pérdida en vericuetos sinuosos que dibuja una realidad alternativa en la que C es protagonista. En otro tiempo esta situación podría desembocar en episodios de ira y depresión; ahora A lo asume con cierta alegría. Para C la ausencia de A es un prolongado silencio que intenta rellenar con decenas, cientos, tal vez miles de actividades de menor o mayor decencia moral que encuentran el final de su sendero en un número de teléfono apuntado en un trozo de papel perdido, a conciencia, en las páginas de un libro que encantó a C en su adolescencia. En ambos casos el monstruo acecha. En ambos casos la sombra se cierne hasta que, de nuevo, llega la luz. Podríamos estar juntos, dice A. El sacrificio sería enorme, dice C. En el siguiente encuentro las palabras son las mismas pero han cambiado de bando: Quiero vivir contigo, dice C. No me mires cuando te follo, dice A. La situación se complica cuando C se marcha a vivir, sin compañía, al extranjero. Conmigo no te haría falta trabajar, dice A. Es eso precisamente lo que no quiero, dice C. Al cabo de unos meses, cuando A tiene vacaciones, viaja al extranjero a visitar a C. Jugaremos a ser otros, dice A. Solo espero que te marches pronto, dice C. Al tercer o cuarto día, cuando C llega a casa tras un largo paseo por las calles de la otra ciudad, no se encuentra con A en la casa: siente  una preocupación que creía olvidada. Encuentra, después de unos minutos, una nota en el salón: vuelvo a la noche. Espérame en silencio. ¿Qué silencio? C duerme en el sillón cuando A abre la puerta. C despierta con un beso de A. Sin mediar palabra, A recita un poema a C en el que aparecen ambos. ¿Desde cuándo escribes?, dice C. Todos los versos son para ti, dice A. En ocho minutos empiezan a follar pero acaban haciendo el amor por primera vez.

El amor se hace con la mano izquierda de otro; dos veces desconocida. W y Z lo descubrieron hace mucho tiempo. Entregarse al amor como un artista al arte, dice Z. ¿Cómo se entrega un artista al amor?, dice W. En silencio, el viento mueve las aspas de un molino de papel clavado en una maceta. El dedo anular de Z hace el camino sin titubear. Una W infantil agacha la cabeza y aguanta el llanto: acaba de romper un jarrón. El agua baja por la acequia con un vago rumor. Las paletas de W tocan el labio inferior; los párpados aguardan entornados. ¿Qué tiempo?, dice Z. Silencio. Espacio. La palma aprieta. Una pompa de jabón aquí dentro, W señala su esternón. ¿Dónde dejo mi dimensión trascendental contigo? W piensa, soy tu mejor obra de arte. El buje trasero de una bicicleta suena cuesta abajo; alguien viene por la colina. ¿Cuándo me dejo vivir? Z dibuja círculos concéntricos: grandes primero, pequeños después. W abre los ojos: ¿qué buscas? ¿A qué te asomas? Sentado sobre varios cojines, Z apenas alcanza para verse el rostro: acaba de cortarse el pelo. Veo como otros te tocan como yo, dice Z. Alguien da un grito; nobody looks around. ¿Nadie? Intentan atraparme, siempre atraparme y yo siempre me escapo. ¿Por qué contigo? Un acto de amor loco, un insulto a uno mismo; la bala perdida de un tiro de otro tiempo que vino a rompernos el corazón. El reflejo no sirve. ¿Y yo qué soy para ti?, susurra Z. Una bandada de flamencos alza el vuelo en la lejanía. W sonríe en la oscuridad: ya tiene su primer beso. Y la música que olvidan, aquí, con el dedo en la sien. Las líneas de la manogotas de agua, dice Z. Perros, como lobos, observan atentos al que pasa.  Z utiliza la voz y la respiración: templanza, piensa, fortaleza. ¿Recuerdas el barco cruzando la bahía?, W.  Siente la mano bajando por la espalda. Justicia. W muerde.  Navegamos en la sombra, dice Z. ¿Y la luz? Cierra los párpados. La mano de Z sobrevuela la piel de W; la toca en descuidos que destruyen torres en su interior. ¿Y la luz? Ya viene, piensa W. Navegamos en la sombra, dice Z. ¿Por quién lo haces?, suspira W. Yo solo soy consecuente, aspira Z. El ciclista se baja de la bicicleta a unos metros de la casa, el calor aprieta; se sienta bajo un árbol y bebe agua. Prudencia, sostiene Z. Me tengo que ir, acaba W.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Tiempo y Arte Poética

Me voy a enamorar una vez. Algunos dirán que es poco y a otros, sin embargo, les parecerá demasiado. No es tan difícil cuando lo pienso: me voy a enamorar una vez. Solo una. Aunque me digan que no se puede confiar solo en una persona. Aunque de repente un día crea que estoy enamorado hasta las trancas de alguien que apenas conozco. Un individuo como yo. No me importa: yo solo me voy a enamorar una vez. Y cuando me enamore caminaremos en bosques de pinos que nos lleven hasta casa cogidos de la mano, hablando y riendo; mirándonos en el paseo infinito de la madrugada. Yo sabré que el deseo no será exclusivamente mío y algún día me abandonará; no me importa: me voy a enamorar una vez y todo será válido. La rueda de los días pasará por nuestro amor con el estrepitoso rubor de la adolescencia. Nuestra identidad será especular: yo solitario/ella sociable. Me voy a enamorar una sola vez. Aunque me deje por otro. Aunque se bese en mis narices con él. Aunque se vaya y, peor, vuelva. Aunque me parta por dentro en mil pedazos cada vez que recuerde la cadencia sinuosa de sus pasos dirigidos a mí y, peor, guarde silencio. Repito: me voy a enamorar una sola vez. Aunque me vaya y desaparezca en las calles de otra ciudad. Yo solo pensaré en mi amor enfermo que todo lo arrastra. Y hasta en el confín más lejano de la Tierra yo sentiré que solo me muevo y siento por ese amor. Que todo gesto no es más que la exagerada agonía de un amor que está en silencio. Estaré acompañado por otras personas y algunos animales --mi habitación está llena de arañas y hormigas-- y mi amor será secreto. Porque yo estaré exactamente en el lugar más lejano de regreso a mí, a mi amor. Porque lo decidí así: me voy a enamorar una sola vez. Enamorado, espero al silencio.

martes, 18 de noviembre de 2014

Espacio y Arte Poética

Quiero un despacho vacío. Una de esas habitaciones que tienen ventana al exterior. Que pueda ver una avenida, una calle, un pasaje o un callejón; no importa mucho, quiero un despacho vacío con ventana al exterior. Un despacho vacío con una mesa vacía y un ordenador vacío. Que tenga un bolígrafo negro y otro azul y algunas hojas de papel. Ni una foto de familia, ni una planta de plástico, ni un flexo y mucho menos teléfono. Una silla incómoda donde pueda sentarme cada mañana, una botella de cristal que rellene con agua. Nada de persianas, nada de estanterías: que los libros se acumulen en montañas de siete, catorce, veintiún o veintiocho ejemplares. Que las esquinas estén repletas de libros que me sepa de memoria por orden de autor, de año. De editorial. Que una caja de cartón con papeles amarillos haga las veces de archivo. Paredes blancas --a pesar de la humedad-- y una bombilla en el techo que ayude en los días nublados. Quiero un casero que me deje tranquilo y solo en mi casa vacía y nunca me pregunte por qué no tienes un sofá y una tele y una nevera y una mesa. Que no me pregunte qué haces aquí sin cama y sin comida, dónde vas por las noches o es aquí donde trabajas. A qué te dedicas. Quiero un despacho vacío en una casa vacía. Espero que no hagas nada raro. Donde solo estoy yo.


viernes, 10 de octubre de 2014

Notas sobre 'True detective' (II)

Y el final guapísimo, ya veréis.
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SPOILER NUMBER ONE

Mamá me pide el final de 'True detective'. Vamos a ver el último capítulo, me dice, que al final me ha 'enganchao'. Voy al ordenador, paso el capítulo y los subtítulos al disco duro -siempre en versión original, siempre-, bajo al salón y me sumerjo, también, en el ambiente: luz tenue, puertas cerradas, sillón con tres o cuatro cojines y el puf a mis pies. Todo está preparado para darle al play. Y empieza la música.

El ritmo del relato se ha venido acrecentando en los últimos capítulos; la serie es benévola con sus espectadores y se ciñe estrictamente a lo que quiere contar: los adornos son mínimos y, acaso, necesarios. La presentación del antagonista, Errol Childress, el hombre de las cicatrices que aparece en un buen número de testimonios, inicia el principio del fin: con un cadáver en un pequeño cobertizo y una casa un tanto desordenada, se descubre la relación incestuosa que tiene con su prima en base a la metáfora de "hacer flores". En una intentona de esquivar los eróticos deseos de su prima, Errol afirma que no debe tener "distracciones", pues está cerca de "su etapa final". Me causan un horror y espanto negros pensar en la posibilidad de una existencia semejante: hijo bastardo por dos veces de poderosa familia sureña, arrastra consigo cierto 'tick' mesiánico, como si fuese el último eslabón de una larga sucesión de 'elegidos oscuros', arquetipos de tiempo y destrucción. Un perro negro convive con la pareja en una casa que presenta estado de abandono desde el exterior, asalvajada.

El capítulo avanza y yo cada vez lo tengo más claro: Errol Childress, asesino oscuro sin compasión es el minotauro. Pero no el minotauro de Teseo, no el minotauro de la tradición clásica: es el minotauro de Watts, ese que tan genialmente supo subvertir Borges. "Os devoraré a todos", dice. La pareja de detectives, Marty y Rust hacen una serie de averiguaciones a lo largo del capítulo que empujan la acción en la dirección de Errol. Descubren que ya tuvieron un encuentro con él en las investigaciones del asesinato de Dora Lange allá por la década de los noventa. Kilómetros y más kilómetros de carreteras secundarias llenas de árboles muertos y ciénagas destruidas una y otra vez por el paso de los huracanes; caminos de tierra que se pierden en el horizonte por donde solo circulan los detectives y Errol con su cortacésped segador de vida y esperanza. Tras una serie de fortuitas averiguaciones, Marty descubre una posible localización donde encontrar a este último asesino. Y allá que van la pareja de detectives.

El encuentro entre los detectives y Errol es desigual. Marty entra en la casa preguntando por Errol, solo la prima saber responder "está en todas partes", mientras pienso: ¡cuidado! Está en la casa y te puede destruir. Rust sigue su intuición detrás del cobertizo, a través de unos arbustos consigue ver al tiempo. Entran en Carcosa. Resulta que es un laberinto. La voz de Errol resuena y reclama la presencia de Rust en otro punto del laberinto. ¡Un laberinto! ¿Ves cómo tenía razón? ¡Mamá no te duermas! "¿Sabes lo que me hicieron? Lo que yo le haré a todos los hijos y las hijas del hombre" Rust, perdido, solo en el laberinto. Marty llega tarde, tan eficaz, tan romano. "Bendijiste a Reggie. A Dewall. Acólitos". La voz de Errol suena en la parte más primitiva de mi cerebro. Mamá, el asesino es el tiempo. Los va a matar a los dos. ¡Joder, mamá, despierta! ¡Lo estoy escuchando!, me dice. Pero si tu no sabes inglés, mamá. "Testigos de mi viaje. Amantes. No me avergüenzo". Rust llega al centro del laberinto. Una escultura hecha con cráneos humanos corona la escena; el detective ha llegado al centro del mal. De repente, una de las visiones de Rust ennegrecen la escena. Un tornado empieza a formarse en la oscuridad vacua de la luz, arrastrando consigo lo que parecen aves negras: los acólitos del mal. ¿Una suerte de Aleph inverso? La visión de una realidad subvertida. El centro de algo importante. ¿O no tanto? El juego de los espejos hace un flaco favor a Rust, carajo, que recibe una puñalada de nuestro amigo Errol. Que lo matan, mamá. Pero mamá ronca. Marty entra en escena, con un Rust que a base de cabezazos consigue darse un poco más de tiempo, y dispara, con mala fortuna, al minotauro herido en el equilibrio. El buen detective, amante y amado, recibe un hachazo en el pecho. Ambos, Marty y Rust, mortalmente heridos, están a merced del cruento asesino. Los va a matar a los dos. Y quedan veinte minutos. ¿Qué coño va a hacer Pizzolato? No creo que haya tantos minutos de créditos. Cuando Errol levanta el hacha para rematar a Marty, ¡pum!, suena un disparo y cae fulminado. Errol digo. Silencio. ¿Qué ocurre cuando uno mata al Tiempo?, pienso de repente. ¡Coño, han matado al Tiempo! Aunque Marty y Rust están malheridos. ¿Quiénes eran los detectives? ¡Han matado al Tiempo! Y el tiempo se para. Rust está en coma. Marty se recupera poco a poco. Ambos en el hospital. ¿Quiénes son? Han caminado largo tiempo delimitando la línea entre el bien y el mal. Buscando el sentido del mundo atroz que tienen delante, que no es sino el mundo interior que arde cada noche en ellos. ¿Qué elemento entra con la muerte del Tiempo? ¿Qué se pone de relieve? La Poesía. El juego de los arquetipos. El sueño caduco de un mortal que optó por la senda oscura. Los asesinos, el Tiempo, actúan. Los detectives analizan. Reflexionan. Elevan la capacidad del ser humano a una de sus cumbres -que las hay a montones. Oscuridad y luz. Universales que rigen de fondo el movimiento pendular de las épocas y su relación con los individuos. Chapeau por la estética escogida para plasmar todo esto en imagen.

Cuando Rust despierta del coma ha descubierto que puede sentir amor. "No los hemos cogido a todos", dice. Me permito responder: nunca los atraparéis. Nunca los atraparemos. Ni nos atraparán. Cuando unos se acaban otros empiezan, y viceversa. Supongo que este es el sinsabor del verdadero detective. Lo único que nos queda hoy y por siempre es seguir viendo girar la rueda que algún día nos aplastará. Cuando Rust regresa de los infiernos descubre que puede sentir amor. Y el amor se escapa de lo hetéreo, de los fantasmas de su hija y su padre, que lo comprenden ya desde el silencio. ¿Qué hay detrás de las estrellas? ¿Dónde se fue Remedios la Bella? ¿Y Aliocha? Memoria colectiva que olvidaremos como a los estoicos.

¿Qué ha pasado al final? Pregunta mamá. ¿Los han matado? ¡Pónmelo otra vez! Rebobino hasta la mitad del capítulo y le doy de nuevo al play. A los cinco minutos se queda dormida de nuevo. En la duermevela susurra, "que no los maten, que no los maten".

martes, 7 de octubre de 2014

Notas sobre 'True detective' (I)

Muy guapa la serie. Vedla.
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SPOILER

Puta serie de los huevos, tío. Las imágenes vuelven a mi retina días más tarde del visionado y no puedo evitarlo: vuelve el asalto a casa del traficante negro, vuelve aquella iglesia quemada en un páramo de Louisiana, vuelve Maggie a follarme a balón parado, vuelve aquél monstruo terrible de cicatrices en la cara a susurrame en el laberinto. Vuelvo a ver aquél Aleph que nos enseña Rust. Nic Pizzolato se ha servido de una soberbia base hermética para dar sentido a su genial detective. No sé por dónde empezar, la emoción me aturrulla en los pensamientos. Que no. Que es broma. Puede que se me haya ido la olla y haya querido ver 'amarillo' donde otros dicen 'azul'. Estas líneas no dejan de ser una aproximación subjetiva y personal a un aspecto muy concreto de la serie -donde creo que está el centro.

La presencia de Bolaño es más que notable a lo largo de la serie. Si ya el propio Pizzolato confirma en algunos comentarios que ha tenido la Obra de Bolaño como texto de fondo, quiero sacar a relucir alguno de esos puntos en los que ha tenido que ver, mucho, el autor chileno. Hay pequeños guiños directos en los diálogos, como una mención a Tormenta de mierda, que finalmente se publicó como Nocturno de Chile, pero creo que aquí lo oportuno es centrarse en los aspectos que tienen cierta relevancia. En primer lugar, el formato de los primeros capítulos: asistimos al testimonio narrado -y cruzado- de Rust y Marty, detectives protagonistas de la ficción. El espectador entra en la serie con un testimonio directo; no es hasta muy avanzada la trama cuando uno descubre quién pregunta y por qué: estructura similar, sino idéntica en su planteamiento, a la que presenta Los detectives salvajes -con muchas menos concesiones. Este procedimiento adolece de cierta rigidez, por lo que los directores artísticos optan por dar una mayor elasticidad conforme avanzan los capítulos: el suceder de los hechos narrados se hace notablemente ligero, permite la inclusión de diversos recuerdos y situaciones según quién es el narrador e, incluso, los detalles son diferentes en uno y otro caso -si os fijáis bien.

La elección de la figura del detective como envase de esa inquietud investigadora no es baladí en la actualidad: Rust es un filósofo de formación notable que se sirve de los crímenes para bucear en las profundidades del ser humano (que diría Dalí) y tratar de dar respuesta a las preguntas que minan su ser. Sin ir más lejos, en la última entrevista que concedió, Bolaño afirmó: "Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca". La única ocasión en la que el espectador tiene oportunidad de ver qué ocurre dentro de la mente de Rust es en el capítulo cinco, al final: en la habitación en penumbra, desordenada y sucia de un colegio abandonado el detective encuentra un atrapadiablos de los que pueblan la serie completa; el director abre plano y el espectador descubre que está mirando a través de una ventana con los cristales rotos donde aparecen dibujadas dos estrellas negras. De un lado, la premonición dada por Reginald Ledoux poco antes de su muerte: "las estrellas negras suben. [...] Yo ya he soñado contigo, pequeño hombre"; de otro, de nuevo, el final de Los detectives salvajes: ventanas, estrellas y silencio. Estrellas negras, estrellas oscuras. Silencio. La mente de Rust es un hervidero de ideas que buscan conexión a pesar de estar a oscuras. Pesa en el alma del pobre detective la pobre y limitada condición humana: trabajar de cerca con el mal te lleva a múltiples abismos. Pizzolato lo sabía y, a toro pasado, habló de cierto final alternativo en el que tanto Rust como Marty se pierden al final del último capítulo en ese inmenso laberinto que es Carcosa. En una conversación con su amigo Rodrigo Fresán, "Bolaño se confesó tentado de que Belano acabara como una suerte de eternauta viajando a través del tiempo y transmitiendo desde el futuro". Cada personaje a su manera, pero todos perdidos en el tiempo y el espacio. En el caso de Rust y Marty, solo recuerdo; en el caso de Belano, y con unos códigos fantásticos -de fantasía- con saltos en el tiempo. No digo desde aquí que Pizzolato conociese las intenciones de Bolaño y su Belano, no; el territorio en el que ambos se mueven es similar y, a veces, pueden llegar a los mismos caminos. En la otra obra de Bolaño, 2666, el centro de buena parte de la ficción son los crímenes atroces que se llevan a cabo casi de un modo sistemático en la frontera entre EEUU y México. 'True detective' se desarrolla al otro lado de la frontera y trata, también, con crímenes deliberados y constantes, que se aplican con una matemática casi perfecta: el código estético desarrollado por los Tuttle & Co. en sus asesinatos arrastran consigo una tradición melancólica profunda, arraigada desde tiempos ascentrales en la psique del ser humano.

Saliéndome de Bolaño, he leído en otros discursos el peso que tienen Lovecraft y Chambers, junto a otros escritores y pensadores, en el conjunto de la serie. No están equivocados: el juego que se establece con el Rey Amarillo, Carcosa, los juegos saturnales tienen referentes de naturaleza primitiva. La serie está trufada de guiños y detalles que gotean en la memoria receptiva del espectador, generando un poso de sensaciones que, bien sin ser del todo comprendidas, entiende de un modo visceral. Las fábricas que aparecen siempre de fondo en el horizonte, la huella de un pasado y un presente industrial de gran calado; la constante soledad de las carreteras que serpentean entre pantanos y ciénagas, aquél jardinero que siega jardines, cementerios, parroquias y colegios de apariencia extremadamente amable, etc. Todo ello remite a una deidad primitiva con toques modernos: baste nombrar de momento a Cronos con un ramalazo muy al estilo de Baudelaire. En cualquier caso, en la siguiente entrada trataré de dar sentido a ese final que tan genialmente ha dejado espacio para asumir otras realidades.